La naranja mecánica, Anthony Burgess

La naranja mecánica, de Anthony Burgess

La naranja es una fruta agradable, de otoño-invierno, y da un zumo muy bueno y vitamínico, pero también sirve para idear metáforas. La naranja mecánica, drugos míos, es mucho más que una película de Stanley Kubrick.

Anthony Burgess crea en La naranja mecánica un futuro no muy alejado —y que ya se encontraría en nuestro pasado— donde la violencia rodea a la ciudad y la juventud, envalentonada por esa atmósfera, se apodera de todo. La violencia es la clave de esta historia donde el bien y el mal pasan por el filtro de la moralidad, la ciencia y los límites de la mente humana.

Eres más raro que una naranja mecánica

No creo que haga falta detenerme en el origen del título del libro. Ya Anthony Burgess ha dejado introducciones y entrevistas mencionando su sentido, y otra gente, personas más inteligentes que yo, habrá indagado en qué más hay detrás de esto. El caso es que un refrán, traducido libremente por mi parte en el subtítulo anterior, da pie a una serie de ideas sobre la libertad de decisión y, sobre todo, sobre la criminalidad.

En las páginas de La naranja mecánica, Alex, Vuestro Humilde Narrador, nos irá contando su historia, de cómo disfrutaba las noches con sus drugos —amigos— y delinquía sin remordimientos. La violencia domina las palabras de Alex. Cada noche es el momento de un plan bien formado para hacerse con dinero o comida. Aunque lo más importante es, en todo caso, sacar de dentro de sí esa ansia por atacar a todo y a todos.

Sí, este es un relato violento que trata de resumir en sus pocas páginas —porque no es un libro extenso— las maldades más comunes del ser humano. Puedes robar, puedes matar, puedes violar, puedes romper mobiliario urbano. Todos estos arquetipos de crueldad aparecen en las incursiones del grupo de Álex por la noche inglesa.

Drugos, málchicos, militsos… ¿Quién nos falta?

Lo más interesante de este ambiente delictivo es que somos participes de él como espectadores privilegiados. No solo miramos sin más, sino que Alex nos narra las sensaciones que tiene al hacer tales acciones y nos explica cómo pretende hacerlas. Detrás de cada escena hay un plan ligeramente elaborado que lleva a la ultraviolencia, que no es más que la necesidad de dejarse llevar por los impulsos más cercanos a la ira y al odio.

Además de todo esto, Burgess inventa para nosotros un mundo tenebrosamente cercano a la realidad. Es algo así como nuestro mundo deformado: las bandas de jóvenes deseosos de caos se dejan llevar, porque no nadie espera otra cosa de ellos.

Lo cierto es que resulta curioso la manera en que los adultos aparecen reflejados aquí. Tienen miedo, y miran a estos personajes —sus hijos, sus jóvenes vecinos, el futuro— con terror y pasividad. Cabe preguntarse qué trataba de mostrar Burgess con esto.

Un relato en nadsat. ¿Quién puede leerlos?

Más allá del ambiente o la trama de La naranja mecánica, uno de sus atractivos es el modo en que está narrado. Burgess se sirve del nadsat, una especie de jerga juvenil inventada por él mismo para, según él, ocultar o tamizar la violencia contenida en el libro.

Sobre esto, no negaré que dificulta, al menos al principio, la lectura. No soy muy aficionado de ir mirando un glosario al final del libro para saber qué estoy leyendo. Considero que esto frena la acción, rompe el ritmo. De tal modo, salvo claras excepciones, he pasado por encima y he tratado de adivinar los significados mediante el contexto.

Aunque, he de admitir, el lector empieza a hacerse con esas palabras. Sí, como he dicho antes, tamizan la violencia; y, dicho sea de paso, sigue siendo un relato especialmente difícil de leer en ciertas escenas. Pero, y siempre hay un pero, le da personalidad al relato y, lo que es más importante, crea un vínculo con el lector. Se convierte en ese idioma secreto que solo tú puedes entender.

Asimismo, hace surgir la ruptura entre los dos contendientes en la lucha de La naranja mecánica. Cuando Alex desea hablar con los adultos, de manera más cordial y educada, agradable, se deshace del nadsat. En cambio, cuando los adultos llegan a escuchar aquellas palabras extrañas y, a sus oídos, casi primitivas, hacen una mueca confusa y dan forma a la grieta ¿generacional? que hay entre ellos

¿Debería leer La naranja mecánica?

El tema central de La naranja mecánica es relativamente claro: la violencia. No obstante, Anthony Burgess quería expresar un poco más de lo que, tengo entendido, expresa Stanley Kubrick es la archiconocida película; que, por cierto, no he visto.

La violencia en este libro se convierte también en un debate de fondo, sobre el perdón, la resignación, el cambio… En general, a mi parecer, trata de reflexionar sobre la mentalidad humana y sobre nuestra relación con la violencia. Bien es cierto que el sistema penitenciario de gran parte de los países del primer mundo está basado, en teoría, en la reinserción del reo a la sociedad. La realidad quizás sea otra. Muchos de ellos vuelven a delinquir, y la sociedad mayormente les da la espalda.

Burgess toma esta idea en el segundo tramo de la novela, cuando Alex entra en prisión. Le dan la oportunidad de volverse bueno a través de un sistema/experimento novedoso. Lo que encontramos, sin embargo, no es más que el conductismo llevado a unos niveles maquiavélicos y crueles. El castigo hará que el castigado huya de la violencia, pero ¿a qué precio?

La resolución de La naranja mecánica, que no diré aquí, plantea dudas. Te hace pensar que quizás el sistema debería cambiar, y quizás la elección de cada individuo deba venir de sí mismo.

Así las cosas, drugos míos, no me queda otra que dejaros con dudas, incógnitas y ultraviolencia. Espero que encontréis un rato para adentraros en el mundo de La naranja mecánica.